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No funcionamos mal-Antonio Blay

No funcionamos mal-Antonio Blay. Parece que nuestra vida interna nos empuja a conseguir una felicidad que existe y que todos necesitamos.

Y por otro lado que si no la conseguimos realizar creemos a primera vista que funcionamos mal.


Pero ocurre que si examinamos el problema más de cerca, buscando en qué consiste este mal funcionamiento, descubrimos algo sorprendente: que no es que funcionemos mal.

No funcionamos mal-Antonio Blay
No funcionamos mal-Antonio Blay

Sino que nuestro mal está en funcionar poco, que es muy distinto.

El funcionar poco es un problema de cantidad, el funcionar mal es un problema de calidad.

Hay personas que funcionan mal, sin duda alguna, pero no podemos decir lo mismo de la persona normal y corriente.

Como no podemos decir de un niño que, por el hecho de ser niño y de no tener las capacidades de un adulto, funcione mal.

En cierto sentido el problema del niño es que con respecto al hombre funciona poco, o funciona menos.


De este modo el problema cambia.

No hay error por parte de la naturaleza o de Dios.

Funcionamos bien, pero funcionamos poco.


¿En qué consiste este poco funcionamiento?

Sigamos con la comparación anterior.

El niño en sí mismo es completo y su funcionamiento es correcto.

Lo malo sería que un adulto funcionase con la mentalidad o con la afectividad de un niño.

En estos casos podríamos decir que se trataría de una persona retrasada.

Pero si este fenómeno se hiciese general podríamos afirmar que a la humanidad, le faltaría maduración psicológica.

Este creo que es precisamente nuestro problema.

Que, en general, nos falta esa maduración psicológica.

Y al decir psicológica me refiero a la mente y a la afectividad, que se traducen en una actitud y en una conducta deficientes.

No funcionamos mal-Antonio Blay
No funcionamos mal-Antonio Blay

Esta falta de maduración consiste por un lado en una falta de crecimiento mental y afectivo.

Pero un crecimiento en amplitud, en profundidad y en altura y por otro lado en una falta de integración o unificación de nuestras estructuras psíquicas.


A) Falta de crecimiento en amplitud


Todos nosotros hemos experimentado que a medida que hemos ido creciendo hemos adquirido una visión más amplia.

Comparándonos con lo que éramos diez o veinte años atrás, podemos constatar que se ha ensanchado nuestro horizonte.

Y si nos examinamos con más detalle comprobaremos que hay días en que nuestro horizonte es, más amplio que otros.

Y quizá también podamos recordar que en algunos momentos determinados hemos tenido intuiciones en que nuestra visión era todavía mucho más amplia.

Más de lo que normalmente conseguimos cuando nos encontramos bien.

Esto quiere decir, pues, que hay una posibilidad de ampliar, de ensanchar el horizonte mental; es una posibilidad que todos tenemos en un grado u otro.

La dificultad radica en que generalmente estamos crispados, vamos con la mente rígida.

Es un punto éste muy sutil del que uno no suele llegar a darse cuenta.

Sólo quizá lo percibe cuando, mucho después, compara los distintos momentos, una vez pasado su estado de tensión.

Entonces dice: he estado todo el rato fruncido, tenso, apretando como si estuviera agarrando algo para que no se me escapara.

El estado de tensión, de crispación mental, nos impide funcionar con nuestra amplitud actualizada, la que ya hemos conseguido en nuestro desarrollo normal.


Pero además podemos ver también que existe la posibilidad de una amplitud mayor de la que solemos alcanzar normalmente incluso cuando no estamos tensos.

Esta posibilidad se manifiesta siempre que somos capaces de intuir que existe un horizonte más amplio del que actualmente poseemos.

O cuando nos admiramos sinceramente ante alguna persona por su gran amplitud de visión.


Cada vez que presiento algo nuevo o admiro la amplitud de otra persona, es que algo en mi propia mente está hurgando desde dentro, está moviéndose, pugnando por actualizarse de algún modo.

No funcionamos mal-Antonio Blay
No funcionamos mal-Antonio Blay

Yo no podría, en manera alguna comprender que aquello es más amplio si no tuviera la capacidad de ver esa amplitud.

Y por lo tanto el simple hecho de verlo implica la existencia en mí de una capacidad mayor de visión.

Lo que sucede es que esa amplitud no la tengo todavía manifestada, no está funcionando en mí en cada momento del día.

La admiro en el otro; en cambio yo en mi vida diaria no la utilizo.

¿Por qué?

Porque es una capacidad que no está en mi núcleo consciente, sino detrás; la poseo sólo potencialmente.

Pero es esta potencialidad la que me permite captar la amplitud en otros.


Es un fenómeno que nos pasa desapercibido y que es muy interesante, porque indica que toda esa cualidad que estoy admirando en el otro está en mí.

Y la puedo desarrollar de un modo total, precisamente en el mismo grado en que yo la aprecio o admiro en la otra persona.

Así yo puedo desarrollar mi amplitud de visión mental en el mismo grado en que la admiro en un pensador.

Pues si mi visión interna no diera más de sí, no podría ver que la del pensador es más ancha, porque mi propia capacidad es la que utilizo para medir las cosas.

Si mi medida y capacidad es pequeña, no puedo medir lo que es mayor ni intuir que en algún sitio hay más grandeza y más amplitud.

La amplitud que veo sirve de estímulo a mi grandeza interior no actualizada.


Se deduce de aquí que todos podemos desarrollar en nosotros la amplitud o grandeza de las cualidades que admiramos en los demás.

B) Falta de desarrollo en profundidad


Otro problema de nuestra mente es que funciona de un modo superficial.

Este defecto se debe tanto a la crispación de la que hemos hablado antes como a la agitación con que vivimos.

No funcionamos mal-Antonio Blay
No funcionamos mal-Antonio Blay
Nos hemos acostumbrado a vivir constantemente de estímulos que se renuevan, que cambian, que van sucediéndose sin parar, uno tras otro.

Buscamos variedad en las cosas.

Parece como si quisiéramos vivir a expensas de la cantidad de nuestros cambios internos, de los estímulos, sensaciones.

Y de toda clase de fenómenos y percepciones, y no de la plenitud de una percepción, ni de la totalidad del acto de vivir.

Esto se traduce en una necesidad constante de cambiar de sitio, de variar de ideas, de lecturas, de espectáculos, cansándonos pronto de todo.

La televisión, por ejemplo, nos ofrece un mosaico variado de estímulos constantes y, sin embargo, los programas llegan a cansarnos.

Es un problema que se les plantea también a los productores de películas, que se devanan los sesos para saciar el hambre de nuevos estímulos que todos tenemos.

Problema igualmente de los autores literarios y de los editores, que están siempre buscando nuevo material y nuevos temas que animen y distraigan a la gente.

Necesitamos distraernos, salir de nosotros hacia algo que nos estimule.


Pero ¿por qué sentimos esta necesidad?

Es que interiormente estamos bloqueados y cerrados y sólo nos sentimos vivir en la medida en que se produce una repetición de estímulos y de respuestas.

O sea, en la medida en que existe una gran frecuencia de experiencias.

Por eso necesitamos número, cantidad de experiencias.

Antes una persona podía permanecer centrada, absorta, contemplando un estado interior o un paisaje tranquilo y pasar así las horas sin darse cuenta, viviendo su estado de plenitud.

Ahora esto parece casi inconcebible; una cosa está vista y entendida en seguida, e inmediatamente buscamos otra cosa y otra.

Esta necesidad artificial que sentimos de estímulos incesantes es un testimonio de nuestra superficialidad.


Nos ocurre que si vivimos de un modo superficial y tenemos pocos estímulos, nadamos en la pobreza y desnudez psíquica más absoluta.

Ya que vivimos superficialmente, por lo menos que sea a un ritmo rápido; ello nos permitirá sentirnos vivir un poco más.

Por eso lo necesitamos; este ritmo nace como compensación de nuestra falta de profundidad.


C) Falta de desarrollo en altura


También diría que nos falta desarrollo en altura.

De hecho vivimos todo el día mirando hacia abajo.

Todos hablamos de ideales, de filosofía, de belleza, de arte, de fe, de amor, de espiritualidad, de Dios.

Cada cual hablará de las cosas bellas, grandes que de algún modo necesita sentir y buscar en su interior.

Pero ¿qué ocurre en la vida práctica, en la vida real, que es la única vida que estamos viviendo de momento?

El 95 por 100 del tiempo que permanecemos despiertos, estamos ocupados, preocupados y hasta obsesionados por cosas de tipo muy concreto, de tipo material.

Nuestra conciencia está centrada continuamente en lo que hemos de hacer, en lo que hemos de decir, en cómo nos van las cosas.

Y como durante todo el día solamente pensamos en esto, resulta que los otros valores quedan para nosotros cada vez más desdibujados.

Más reducidos a una simple idea, a una mera aspiración.

Y es que nosotros solamente podemos vivir como realidad aquello que estamos percibiendo con cierta continuidad.

Es una ley, un fenómeno interno muy importante que para nosotros las cosas tienen realidad sólo en la medida que llevan una carga energética.

Por ejemplo, mis padres tienen para mí tanta importancia…

Porque durante muchos años he ido asociando a su imagen cargas muy intensas de energía emocional, de afectos, disgustos, rabietas, admiración, etc.

De modo que si mis padres tienen relieve y realidad para mí es gracias a la energía que he infundido a su imagen a través de tantas emociones, reacciones vitales, etc.

Esta imagen despierta una gran carga de energía en mi interior y por esto tiene para mí una gran realidad.

La ley de la realidad de las cosas es que para nosotros las cosas son reales sólo en la medida en que llevan carga energética.


Por lo tanto ¿qué pasa si sólo estamos viviendo durante el día cosas de la vida material?

Que únicamente cargamos con energía interna las imágenes del mundo material.

De donde resulta que, aunque pensemos y especulemos sobre cosas elevadas.

Por más que en sí cualitativamente tengan una mayor prioridad y grandeza, en el mundo real de nuestra valoración.

Es decir, a la hora de movernos y de obrar cada día, no tendrán apenas ninguna operatividad, pues lo que tiene operatividad y fuerza es lo que lleva más energía.

Y no he vivido suficientes experiencias de esas cosas elevadas como para que a su idea se asocie una gran cantidad de energía.


En cambio, si yo me dedico a estar atento y consciente de mi noción de Dios, de mi noción de tal cualidad, de tal virtud, de tal belleza, en la medida en que yo piense, sienta, viva.

Y me abra de hecho a este mundo superior, en esa misma medida iré vitalizándolo, iré invirtiendo en él toda mi energía y cargando la imagen, o la idea correspondiente con asociaciones de energía.

Y a medida que las voy cargando esas cosas van adquiriendo una noción mayor de realidad en mi interior.

Pero como durante el día no tengo tiempo de vivir el mundo espiritual.

Tener una gran aspiración
Tener una gran aspiración
Porque las exigencias, la prisa y la inercia me requieren y me exigen estar pendiente de cosas muy concretas, resulta que lo único que vitalizo es mi noción del mundo material.

En estas condiciones, aunque interiormente pueda tener una gran aspiración.

En el momento en que me digan una palabra desagradable, toda mi aspiración y mi estado de meditación y de oración se va por los suelos.

En aquel momento lo único que sale es mi furia interior, mi protesta contra quienes han pisado mi yo.

¿Por qué?

Porque esa persona, esa situación y los sentimientos que tengo de afirmar mi personalidad frente al mundo son de hecho más importantes para mí.

Tienen más energía interior que mi noción de Dios.

Sin que obste para que si me preguntan qué es lo más importante para mí, responda:

¡Dios!, y hasta me dé por ofendido si alguien lo pone en duda, aunque en realidad Dios no esté allí y lo único que esté mirando y vitalizando sea mi yo.


Nuestra falta de desarrollo se manifiesta en estas tres deficiencias de nuestra mente: mente estrecha, mente superficial y mente elemental.

Naturalmente estos problemas de la mente producen sus correlativos en la afectividad.

Si la mente tiene un objeto pequeño, una perspectiva minúscula, la afectividad sólo podrá adherirse a aquel objeto pequeño, a aquella perspectiva minúscula.

Es cierto que en nuestro interior existen aspiraciones elevadas.

Pero a la hora de concretar estas aspiraciones, en el momento de querer expresar estos afectos y darles una forma concreta.

Como esto siempre lo hace la mente, si ésta es estrecha y rígida, por caudaloso que sea el nivel afectivo y la potencia de nuestro interior.

Nuestras formas afectivas se adaptarán a la naturaleza y estructura de la mente y por lo tanto serán también pequeñas y rígidas.


D) Falta de integración o unificación del psiquismo


¿Qué significa esta falta de integración?

Que nuestras facultades, es decir, nuestra mente en sus diversos sectores internos no funciona como un todo unitario, como una unidad compacta.

Y esto es cierto, aunque nos sorprenda y quizá nos ofenda.

O sea, que en realidad nos vivimos a nosotros mismos por sectores completamente separados.

Y tenemos una noción de nuestro yo completamente diferente en unos momentos que en otros.

Cuando, por ejemplo, actúo en la vida social, tengo unas reacciones conmigo mismo, me siento vivir a mí, tengo un sabor de mí completamente distinto que cuando estoy solo.

O cuando estoy en la iglesia, o, en fin, cuando estoy pensando en algo superior.

No es que sólo exteriormente cambie mi actitud, mi postura, no, sino que también interiormente me vivo a mí mismo de modo diferente.

Tanto es así que cuando en un sitio adopto la actitud que corresponde a otro, me siento ridículo. No es sólo efecto de la situación exterior, sino del modo como me vivo a mí.

¿A qué se debe esto?

A que he ido adquiriendo una noción distinta de mí mismo según los tipos de experiencia que he ido viviendo.No funcionamos mal-Antonio Blay


En el sueño tenemos a veces una noción de nosotros tan distinta de cuando despertamos que nos parece extraño como podíamos entonces creernos que éramos así.

Lo mismo nos ocurre de día, sólo que estando despiertos los aspectos de las situaciones por las que nos sentimos pasar son más completos, perfectamente trabados.


Así pues, en nuestro interior, la mente está dividida en una serie de sectores independientes.

Y lo mismo puede funcionar con el papel de un sector que con el otro, lo mismo puede disfrazarse de subordinado, de amigo o de jefe.

Yo me siento diferente en cada uno de estos papeles.

Por eso, si estoy haciendo de subordinado, me cuesta mucho adoptar de pronto el papel de jefe, pues he de cambiar de máscara, conmutando todo mi gesto interior.

Es como si me viviera y me sintiera otra persona distinta.


Esta divergencia, esta dispersión mental se traduce en una disgregación de energía y por lo tanto en una pérdida de eficacia, de rendimiento, en una disminución del caudal de potencialidad.

No es sólo porque la energía se inhibe.

Sino porque las experiencias que corresponden a cada sector no las podemos aprovechar en todo momento.

Por eso cuando estamos en el trabajo se nos ocurren con facilidad soluciones de problemas que corresponden a experiencias que hemos tenido en casa. No funcionamos mal-Antonio Blay

Son sectores separados.

Esto que explico comprendo que suene un poco extraño, porque no estamos adiestrados a estudiarnos, a observarnos, aunque todos nos creamos lo contrario.

Pero en la medida en que estas cosas nos parecen extrañas es que es menor nuestro desarrollo.

O que no se ha actualizado, por lo menos en esa dirección, nuestra capacidad de observación. No funcionamos mal-Antonio Blay

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