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Las características de los maestros de Dios

Las características de los maestros de Dios. El Curso dice: «La proyección da lugar a la percepción». De hecho, lo dice dos veces (T-13.V.3:5; T-21.in.1:1).

Significa que primero miro hacia dentro y establezco lo que es real.

Las características de los maestros de Dios
Las características de los maestros de Dios

Desde el punto de vista del ego, miro hacia dentro y establezco que la separación y la culpabilidad son reales, y luego las proyecto.

Entonces tengo la impresión de percibir fuera de mí lo que realmente he percibido primero dentro de mí.

De modo que, si me siento culpable y separado, miraré un mundo en el que juzgo a todos los demás como culpables; obviamente estoy viendo un mundo separado de mí.

Pero el problema no es lo que estoy percibiendo fuera de mí.

Eso no es más que la proyección de lo que hay dentro de mí.

Por lo tanto, no quiero cambiar el exterior.

 Quiero cambiar mi mente, ahí es donde está el problema.

En otras palabras, quiero cambiar lo que aprendo en mi interior, lo cual en realidad significa que quiero cambiar mi elección de maestro.

Las características de los maestros de Dios
Las características de los maestros de Dios

Por eso el Curso dice que el proceso es simple: solo tenemos dos maestros en la mente.

Y en cualquier momento dado, lo único que tenemos que elegir es de cuál maestro queremos aprender: del ego o del Espíritu Santo.

Nuestro problema es que no podemos distinguirlos.

Todo el sistema de pensamiento y la práctica del Curso consiste en aprender a distinguir a estos dos maestros.

Una vez que elija de quién voy a aprender, percibiré ,experimentaré, el mundo (para el Curso percibir significa experimentar) a través de la lente de mi maestro.

Cuando aprendo del ego, percibo y experimento el mundo de la separación y el ataque.

Cuando aprendo del Espíritu Santo, experimento el mundo como un aula de clase en la que todos,víctimas y victimarios, buenos y malos,están aquí para aprender la misma lección:

Cómo despertar de esta pesadilla.

Eso significa la frase «la percepción es lo que se ha aprendido».

Cuando el ego es mi maestro, creo en el poder de las leyes con las que se fabricó el mundo del ego.

Y estas son siempre leyes de separación, ataque, pérdida, dolor, culpa y muerte.

Cuando el Espíritu Santo es mi maestro, miro a través de Sus ojos a un mundo que opera bajo otra serie de leyes: las leyes del perdón.

Esto significa que, aunque no estoy en control de lo que haces o de lo que hace el mundo, sí estoy en control de la forma en que los experimento.

Por lo tanto, si elijo identificarme con el Espíritu Santo, me sentiré en paz, no importa lo que pase.

Esa es la ley del mundo interpretada por el Espíritu Santo: no importa lo que pase en el mundo, no soy una víctima porque solo soy víctima de mis propios pensamientos.

No puedo cambiar lo que el mundo hace, pero puedo cambiar cómo pienso con respecto a lo que el mundo hace.

Las leyes del ego que inventaron el mundo son las leyes de víctimas y victimarios.

Según estas leyes, no soy responsable de cómo me siento, porque alguien me lo ha hecho.

La ley del Espíritu Santo, el perdón, que es la corrección de las leyes del ego, dice que nadie es víctima en este mundo a menos que elija serlo.

En este momento, el problema no es lo que el mundo me ha hecho; mejor dicho, es la manera en que he elegido mirar lo que sucedió.

Y reconozco que este poder de Dios está en mi mente, pero no es de mi mente.

No es de mi mente identificada con el ego, mi mente escindida; proviene de Dios.

Y el Espíritu Santo es la presencia de ese amor en mi mente.

Ahora, de acuerdo con las leyes del mundo, que es donde hemos depositado la confianza, ciertas cosas en el mundo nos protegen y nos mantienen a salvo.

Las defensas nos mantienen a salvo.

El ataque nos mantiene a salvo.

El especialismo nos mantiene a salvo, asegurando mediante sus leyes que al manipular, engatusar, seducir y atacar a otros conseguiremos lo que queremos y necesitamos de ellos.

Tenemos en gran estima a todas estas leyes que funcionan dentro del marco del ego.

Obtengo lo que quiero de ti en este mundo haciendo que te sientas culpable para que me lo des.

Por lo tanto, creo que lo que me mantiene a salvo es saber cómo controlar el mundo que me rodea.

Cuando nos identificamos con el Espíritu Santo y con Su Amor, no nos preocupamos por cuestiones de seguridad en el mundo.

Sin embargo, eso no significa que no hagamos lo que todos hacen, sino que nuestra paz interior no depende de nada externo.

Si mantengo mi mente enfocada en el Amor de Dios, siempre estoy a salvo porque mi percepción de peligro y amenazas no tiene nada que ver con el mundo exterior.

Solo percibo una amenaza en el mundo porque me siento culpable por separarme de Dios y de la Filiación.

Debido a esa culpabilidad, creo que se me debería castigar, pues la culpabilidad siempre exige un castigo.

Todo mi miedo y sensación de vulnerabilidad proceden de mi sistema de pensamiento del ego, que me enseña que soy culpable.

Y por ser un desgraciado tan culpable, terrible, inepto y pecaminoso, merezco que se me castigue.

Además, si algún aspecto de mi culpa proviene de mis pensamientos de ataque contra ti, he de creer que tienes justificación para corresponderme con un ataque.

Las características de los maestros de Dios
Las características de los maestros de Dios

Y una vez que crea que vas a atacarme, debo creer que necesito defenderme contra tu ataque y que no estaré a salvo mientras no tenga una defensa.

Pero si elijo identificarme con Aquel que realmente soy como el Hijo de Dios.

Y como una extensión de Su Amor, no hay culpabilidad, lo que significa que no hay miedo ni amenaza de castigo.

Y sé que estoy perfectamente a salvo.

Jesús sabía esto en la cruz.

A pesar de lo que el mundo hubiera dicho que era una amenaza tremenda, él sabía que no podía sufrir daño porque él conocía Quién era.

A pesar de lo que le estaban haciendo a su cuerpo, sabía que él no era su cuerpo.

No había culpabilidad en su mente, que exigiera castigarse.

Por lo tanto, a pesar de lo que los ojos del cuerpo estaban viendo, él no percibía que el mundo fuese amenazante y punitivo.

La idea es no creerles a los ojos del cuerpo porque, al igual que con una marioneta, los ojos simplemente ven lo que el titiritero, o la mente, les dice que vean.

Casi cualquiera de nosotros que se encontrara en la situación en que Jesús se encontraba en la cruz diría:

«Estoy en gran peligro».

Y debajo de ese pensamiento está otro:

«Me encuentro en gran peligro por el gran daño que he hecho».

Nuestra mente, en ese momento, una mente de miedo y de culpa, dictaría que el cuerpo debiera reaccionar en consecuencia.

En otras palabras, el cuerpo debería sentirse atemorizado y culpable, atacar, enfermarse, verse lesionado y morir.

Dado que la mente de Jesús únicamente se identificaba con pensamientos de amor, su mente solo le impartió a su cuerpo un mensaje de amor.

Por eso dice en el Curso que el mensaje de la crucifixión es:

«Enseña solamente amor, pues eso es lo que eres» (T-6.I.13:2).

Eso es lo que él enseñó: no había pensamientos de culpabilidad, ataque, sufrimiento, enfermedad o muerte en su mente.

Y eso es lo que significa la confianza.

 Jesús confiaba en que el Amor del Espíritu Santo es el Amor de Dios y que él era ese Amor.

A esas alturas, sabía que cualquier otra cosa, cualquier otro pensamiento, formaba parte de un sueño irreal.

En el Curso, Jesús no nos pide que aprendamos o enseñemos esa lección de la misma forma que él lo hizo, pero sí dice que debemos adoptarlo a él de modelo.

Debemos aprender de lo que él nos enseñó, es decir, cómo permanecer sin defensas, estar en paz y ser del todo amorosos.

Así como sentirnos totalmente seguros y a salvo en una situación que al mundo le parecería abrumadoramente temible y amenazante.

El miedo, por lo tanto, no proviene de nada externo; el miedo proviene de nuestra propia culpabilidad.

Confianza significa que confío en el amor dentro de mí, que no me castigará ni crucificará, sino que me protegerá simplemente por ser lo que es.

Debido a este poder —el Amor de Dios o el Espíritu Santo en mi mente— contemplo a un mundo perdonado. Las características de los maestros de Dios

En mi mente, no hay pecado que yo tenga necesidad de proyectar sobre ninguna otra persona.

En este sentido, Jesús no tenía necesidad de perdonar a ninguno desde la cruz, pues nada en él estaba atacando a nadie.

El perdón es simplemente deshacer.

Mirar un mundo perdonado es ver un mundo en el que no hay pensamientos de pecado o ataque.

Lo que vemos fuera de nosotros es simplemente el espejo de lo que está dentro, en nuestras mentes.

Entonces, si solo veo amor dentro, afuera solo veré amor, en la forma en que se corrija o se deshaga el ataque del ego. Las características de los maestros de Dios

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