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La oración centrante-Tercera parte

La oración centrante-Tercera parte.Hay un “temor de Dios” genuino, pero está destinado a alertar a las personas con disposiciones crueles o maliciosas…

A fin de que caigan en la cuenta de que habrá un ajuste de cuentas por la violencia, la opresión y todo género de malicia premeditada.

La oración centrante-Tercera parte
La oración centrante-Tercera parte

Pero una vez que uno se ha convertido a Dios y ha comenzado el camino espiritual, el temor es inútil.

Mientras que la fe se extiende en una confianza sin límites en Dios que es vivificadora.

En realidad, “temor de Dios” es un termino técnico del Antiguo Testamento que significa: “la correcta relación con Dios”.

No se refiere a la emoción del miedo, que automáticamente suscita reacciones corporales de combate o de huída.

La emoción del miedo tiende por naturaleza a mantener a la persona tan alejada de Dios como sea posible.

Crece la confianza


La confianza crece gracias a los esfuerzos realizados a fin de servir a Dios por amor y profundizar la relación.

Esto no se puede realizar si tenemos miedo de Dios.

Es muy difícil comenzar bien el camino espiritual si llevamos un peso de actitudes negativas no examinadas y no cuestionadas hacia Dios.

Dejar el infantilismo

Con frecuencia algunas circunstancias y tentaciones de regresar a niveles anteriores de relación que eran infantiles e indignos de Dios importunan nuestras actitudes básicas hacia Dios.

Con facilidad hacemos juicios sobre Dios que en realidad son proyecciones de nuestros niveles infantiles de conciencia.

También proyectamos en Dios los modelos de autoridad que vemos en trono a nosotros.

Si hemos tenido un padre dominante y autoritario,entonces es fácil que veamos a Dios como dominante y autoritario.

Si estas influencias fueron horrendas, entonces se hace más difícil posteriormente en la vida relacionarse con Dios como Dios.


Reconocer las actitudes infantiles hacia Dios y ponerlas a un lado nos permitirá evaluar de nuevo nuestra relación con Dios y considerar la posibilidad de entablar amistad con él.

¿De donde procede la oración centrante?

Su fuente es la Trinidad que habita en nosotros.

Su raíz es la vida de Dios en nosotros.

Creo que no reflexionamos suficientemente sobre esta verdad.


Con el bautismo viene a nosotros toda la presencia no creada de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Participamos como seres humanos en la vida de Dios, simplemente por el hecho de estar vivos, pero mucho más por la gracia.

Participamos en el movimiento entre el Padre que se da totalmente al Hijo y el Hijo que se da totalmente al Padre.

Se vacían uno en el otro.

El Espíritu de amor reconstituye, por así decirlo, a fin de que puedan entregarse por siempre.

Esta corriente de amor divino que se renueva constantemente en la vida de la Trinidad se infunde en nosotros a través
de la gracia.

Lo sabemos por nuestro deseo de Dios.

La oración centrante-Tercera parte
La oración centrante-Tercera parte

Este deseo, aun cuando se pueda ver sacudido por las fuerzas de la vida diaria, se manifiesta en el esfuerzo que hacemos por desarrollar una vida de oración y una vida de acción penetrada por la oración.


La vida trinitaria se manifiesta en nosotros primariamente por nuestra hambre de Dios.

La oración centrante procede de la vida de Dios que actúa dentro de nosotros.

Por tanto, su fuente es trinitaria.

Su enfoque es cristológico.

Nos establece en una relación cada vez más profunda con Cristo.

Nuestra relación con Cristo, que comienza con la lectio divina (la lectura orante de la escritura) y con otras devociones.

Y especialmente con los sacramentos, llega a nuevas profundidades y a nuevos niveles de intimidad a medida que crecemos en la práctica de la oración centrante.

Finalmente, la oración centrante es eclesial en sus efectos; es decir, nos vincula con todos los demás miembros del cuerpo mismo de Cristo y, en definitiva, con toda la familia humana.

En realidad no existe la oración privada.

No podemos orar en este nivel profundo si no incluimos a todos los seres humanos, especialmente a los más necesitados.

También sentimos la necesidad de expresar este sentido de vínculo y unidad con otros en alguna forma de comunidad.
Examinemos detalladamente cado uno de estos puntos.

La oración centrante procede de una relación existencial con Cristo como nuestro camino hacia las profundidades de las relaciones trinitarias.


Al hacer oración centrante, entramos en conexión con la vida divina dentro de nosotros.

La palabra sagrada es un gesto de consentimiento a la presencia y la acción divinas interiores.

Es como si nuestra voluntad espiritual encendiera el interruptor, por así decirlo, y la corriente (la vida divina) presente en nuestro organismo pasara y la energía divina fluyera.

Ya está ahí esperando ser activada.


Por eso, cuando nos sentamos en la presencia de la Trinidad que habita dentro de nosotros, nuestra oración se despliega en la relación con Cristo.

Sabemos que la lectio divina y otras prácticas devocionales nos preparan para relacionarnos con Cristo.

Pasamos a través de ciertos procesos evolutivos de conocimiento, simpatía y amistad.


Esta última implica un compromiso en la relación.

Todos tenemos la experiencia en la que nos relacionamos con un conocido a quien cultivamos y llegamos a conocer, y gradualmente llegamos a un compromiso con él.

El compromiso es lo que caracteriza la amistad.

Podemos alejarnos de conocidos ocasionales, pero no podemos prescindir de una amistad una vez que se ha establecido sin romper el corazón de la otra persona y también el nuestro.

La amistad con Cristo ha llegado al compromiso cuando decidimos establecer una vida de oración y un programa para la vida diaria destinado a acercarnos más a Cristo y a profundizar en la vida de amor trinitaria.


Éste es un punto importante.

La oración centrante-Tercera parte
La oración centrante-Tercera parte

Al hacer oración, no estamos simplemente yuxtapuestos a Cristo.

El movimiento interior hacia la inhabitación divina sugiere que nuestra relación con Cristo es interior, especialmente a través de su Espíritu Santo que habita en nosotros y derrama el amor de Dios en nuestros corazones.

En realidad nos estamos identificando con el misterio pascual.

Sin necesidad de realizar una reflexión teológica todas las veces, se convierte en una suerte de contexto para nuestra oración.

De modo que cuando nos sentamos en una silla o en el suelo, nos relacionamos con el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, no como algo exterior a nosotros, sino como algo interior.

Por eso experimentamos muy pronto una identificación con Cristo en sus tentaciones en el desierto.

Después experimentamos nuestra identificación con Cristo en el huerto de Getsemaní y finalmente nuestra identificación con Cristo en la cruz.

En nuestra perspectiva cristiana, Jesús ha cargado sobre sí todas las consecuencias de nuestros pecados y de nuestra condición pecadora.

En otras palabras, el falso yo con la acumulación de las heridas que llevamos con nosotros desde los primeros años de vida y nuestras formas infantiles de tratar de sobrevivir.


Al sentarnos, es posible que recibamos la consolación del Espíritu.

Pero después de varios años haciendo esta oración siempre nos encontramos en el desierto, porque éste es el camino hacia la unión divina. La oración centrante-Tercera parte

No hay ninguna otra forma de curar las heridas de los primeros años de vida que no sea la de pasar por la cruz.

La cruz que Dios nos pide que aceptemos es primeramente el sufrimiento que llevamos con nosotros desde los primeros años de vida.

Nuestras heridas, nuestras limitaciones,nuestros defectos personales…

Y todo el daño que otras personas nos han hecho desde el comienzo de nuestra vida hasta ahora.

Y nuestra experiencia personal del sufrimiento de la condición humana tal como lo hemos vivido individualmente – ésta es nuestra verdadera cruz-.

Esto es lo que Cristo nos pide que aceptemos y que le permitamos compartir con nosotros.

De hecho, en su pasión él ha experimentado ya nuestro dolor y lo ha hecho suyo.

En otras palabras, sencillamente entramos en algo que ya ha sucedido, a saber, nuestra unión con Cristo.

Y todo lo que implica, el hecho de que ha cargado sobre sí todo nuestro dolor, ansiedad, miedo, odio a nosotros mismos y desaliento.

La cuestión principal es si todo ello está incluido implícitamente en el grito de Jesús en la cruz:

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Aquí está el hijo de Dios, el amado a quien tenemos que escuchar – Cristo que ha basado toda su misión y su ministerio en su relación con el Padre – y todo ello ha desaparecido.

Sus discípulos han huido.

Su mensaje ha quedado destruido.


Las autoridades religiosas y romanas lo han condenado.

Humanamente hablando, no ha quedado nada de su mensaje.

Sin embargo, ése es el momento de nuestra redención.

¿Por qué?

Porque su grito en la cruz es nuestro grito de una alienación desesperada de Dios, asumido en el suyo y transformado en resurrección.

Al sentarnos, armarnos de paciencia y permitir que aparezca el dolor,nos damos cuenta de que es Cristo quien sufre en nosotros y nos redime.La oración centrante-Tercera parte


La oración centrante está centrada en el corazón del misterio cristiano, que es la pasión,muerte y resurrección de Cristo.

Cada vez que consentimos a una nueva luz en nuestra debilidad y pobreza, nos encontramos en un lugar más profundo con Cristo.

Ocupar el lugar más bajo es estar en el lugar más alto a los ojos e Dios.

La oración centrante-Tercera parte
La oración centrante-Tercera parte

No puedo explicaros por qué es así. Quizá se sencillamente la forma de ser de Dios. Cristo en su pasión es el maestro quien mejor enseña quien es Dios.

Pura humildad.

Total desinterés.

Servicio absoluto.

Amor incondicional.

El significado esencial de la encarnación es que este amor es totalmente asequible.

La oración centrante es simplemente un método humilde de tratar de acceder a esa bondad infinita renunciando a nosotros mismos.

Consentir a la presencia y la acción de Dios simbolizadas por la palabra sagrada no es otra cosa que la confianza y la entrega de nosotros mismos.

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