La oración centrante-Primera parte

La oración centrante-Primera parte.La oración centrante es un método de oración que procede de la tradición cristiana, principalmente de The Cloud of Unknowing (La nube del no saber), de un autor anónimo del siglo XIV, y de san Juan de la Cruz.

La oración centrante-Primera parte

La oración centrante-Primera parte

Nos lleva a la presencia de Dios y así alienta las actitudes contemplativas de escucha y receptividad.

No es contemplación en sentido estricto, vista siempre en la tradición católica como puro don del Espíritu, sino más bien una preparación para la contemplación por medio de la reducción de los obstáculos causados por la hiperactividad de nuestras mentes y nuestras vidas.

Es la confianza lo que nos permite en primer lugar dar el salto inicial en el vacío, encontrar a Dios en niveles más profundos de nosotros mismos.

Y es la confianza la que guía la nueva configuración íntima de nuestro ser, la transformación de nuestro dolor, nuestras heridas y nuestra motivación inconsciente en la persona que Dios quiere que seamos.

Mucha confianza

Debido a que la confianza es tan importante, nuestro camino espiritual puede quedar bloqueado si llevamos actitudes negativas hacia Dios desde los primeros años de vida.

Si tenemos miedo de Dios o lo vemos como un padre putativo furioso, un policía inclinado a la sospecha o un juez
implacable, será difícil suscitar entusiasmo y ni siquiera interés, por el camino.


Deshacer las imágenes erróneas

Estas imágenes de Dios implantadas en nosotros en gran medida como resultado de la primera formación religiosa, son de hecho una herencia de las generaciones pasadas y un conjunto omnipresente de actitudes religiosas que representan una distorsión –en algunos casos una distorsión de 180 grados – de los valores bíblicos y evangélicos.

Esto es cierto tanto en el caso de los protestantes como en el de los católicos, aunque su impronta se ha sentido particularmente viva en la iglesia católica.

Espiritualidad

Habría que poner “espiritualidad” entre comillas porque la comprensión de Dios que se transmitía no representaba fielmente la enseñanza de la Escritura.

Más bien ponía de manifiesto una gran influencia de la Ilustración del siglo XVIII con sus procesos de pensamiento dominado por el dualismo filosófico de René Descartes y su cosmovisión configurada por la física de Newton, con la gran imagen de Dios “ahí fuera” dirigiendo un universo mecánico desde una distancia majestuosa.

La oración centrante-Primera parte

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Según el Padre Hauser, lo principal era un sentido rígidamente dualístico del “yo fuera de Dios” y “Dios fuera del yo”.

Se podría caracterizar este dualismo por la convicción de que aquí abajo en la tierra, nosotros, completamente separados de Dios, buscamos, sufrimos y luchamos, mientras que desde un cielo distante Dios vigila y juzga.

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Según el Padre Hauser, muchos estudiantes colegas continuaron reflejando estas disposiciones incluso después del Concilio Vaticano II.

Éstas suelen ser actitudes inconscientes, pero mantenidas fuertemente, que surgen espontáneamente mientras no hayan sido valoradas y puestas al día por un juicio maduro.

Es posible reconocer algunas de ellas si recordamos nuestra primera instrucción religiosa.


La primera actitud que brota espontáneamente del modelo occidental de espiritualidad es que los actos exteriores son más importantes que los interiores.

El término “actos exteriores” se refiere a los rituales o al ejercicio de buenas obras como, por ejemplo, ayunos, limosnas y penitencias corporales.

El término “actos interiores” se refiere a los motivos de los que surgen dichos actos.

Los primeros pueden provenir del orgullo y del egocentrismo tan fácilmente como del amor a Dios y del respeto a los otros. La enseñanza de Jesús en los Evangelios es clara: “Limpia primeo la copa por dentro y después preocúpate de limpiar el exterior”.

La segunda actitud que brota del modelo occidental de espiritualidad es que el yo inicia las buenas obras y Dios recompensa por ellas.

Cuando se formula teológicamente, esta creencia se asemeja a la herejía pelagiana.

Trae a la mente la imagen de la lucha en el anfiteatro para aplacar a Dios por los pecados personales o para ganar el favor de Dios, mientras Dios se sienta pasivamente en las gradas observando el combate.

Si ganamos, levanta el pulgar; si perdemos, lo baja.

El Evangelio,por el contrario, enseña que Dios inicia todas las buenas obras a través de la inspiración del Espíritu que habita en nosotros, mientras que nosotros escuchamos atentamente y ponemos por obra lo que el Espíritu sugiere.


La tercera actitud que brota del modelo occidental de espiritualidad es un interés omnipresente por ir al cielo más que por ejercitar el amor a Dios y al prójimo aquí y ahora, en el que tanto insiste la predicación de Jesús.

No se trata de hacer mérito

Este interés expresa en ocasiones el interés por acumular méritos en esta vida a fin de pedir a Dios, por así decirlo, que nos recompense en la otra.

El resultado de una caricatura del “buen” caballero católico anterior al concilio Vaticano II tal como lo percibe el modelo
occidental.

Va a misa todos los domingos.

La oración centrante-Primera parte

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Nunca como carne los viernes, contribuye generosamente en la colecta todos los domingos.

Se confiesa y comulga una vez al año y espera que a la hora de su muerte haya un sacerdote que le administre la extremaunción a fin de que pueda al menos ir al purgatorio y, después de un breve arresto, acortado con misas ofrecidas por el reposo de su alma, suba a los cielos para ser ampliamente recompensado por su vida católica ejemplar.

Pudiera ser que a este hombre no se le hubiera ocurrido nunca que podría ser pecado exasperar o dominar a su mujer, gritar a sus hijos, no pagar justamente a sus criados y empleados o hacer caso omiso de los pobres de su calle o de su parroquia.

En suma, profesa los dogmas y observa los ritos externos de la religión católica, pero no practica el Evangelio.

El Evangelio es una vida que hay que vivir, no un conjunto de observancias.

La oración centrante-Primera parte

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No es el modelo occidental del “yo fuera de Dios” el que inicia la obra verdaderamente inspiradas por Dios, sino el “yo en Dios” y “Dios en el yo”.

En el modelo bíblico de espiritualidad el Espíritu habita en nosotros como la fuente dinámica de inspiración para todas nuestras buenas obras, y nosotros consentimos.

Pura fe

El Nuevo Testamento pone el acento en escuchar y responder al Espíritu más que en iniciar proyectos que se espera que Dios secunde, aun cuando Dios tenga poco o nada que ver con ellos.


Una vez que el punto de partida en la vida espiritual se separó de la fe en la inhabitación divina, la gente comenzó a concebir a Dios como realidad “ahí fuera”.

Si Dios está “ahí fuera”, especialmente en algún cielo distante, ¿cómo se podrá subir hasta Dios?

Si caemos de bruces después de subir unos pocos peldaños, como sucede normalmente, podríamos concluir: “Me parece que esto no es para mí.

Parece que Dios y yo no congeniamos”.

Es imposible pasar por las pruebas de la vida espiritual si pensamos que Dios está a un millón de kilómetros y que nosotros tenemos que subir hasta él o tenemos que hacernos dignos de él.

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