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Explorando el Manual para maestros-UCDM

Explorando el Manual para maestros-UCDM. La frase un maestro de Dios no aparece en el texto ni en el libro de ejercicios; se utiliza solo en el manual.

Un maestro de Dios es cualquier persona que haya aceptado su función, que es enseñar y aprender el perdón.

El Curso dice que «la única responsabilidad del obrador de milagros es aceptar la Expiación para sí mismo» (T-2.V.5:1; T-5.V.7:8; M-7.3:2).

Explorando el Manual para maestros-UCDM
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En el momento en que aceptamos que para eso estamos aquí, nos convertimos en maestros.

El Curso equipara repetidamente la enseñanza y el aprendizaje.

Enseñamos lo que estamos aprendiendo y, a medida que lo enseñamos, lo aprendemos.

Todos enseñamos y aprendemos a cada momento.

Este tema de enseñanza y aprendizaje se refleja en la estructura misma del Curso.

Sus tres libros incluyen un libro de texto, que obviamente debemos estudiar; un libro de ejercicios, que por lo visto debe enseñarnos cuando practicamos sus lecciones.

Y un manual para el maestro, que nos recuerda nuestra función de enseñar y aprender.

Por su propia estructura, pues, el plan de estudios enfatiza que todos somos a la vez maestros y estudiantes.

Al principio del manual se ofrece un buen resumen de lo que significa ser un maestro de Dios:

Un maestro de Dios es todo aquel que decide serlo. Sus atributos consisten únicamente en esto: de alguna manera y en algún lugar eligió deliberadamente no ver sus propios intereses como algo aparte de los intereses de otra persona (M-1.1:1-2).

El criterio principal que establece a uno como maestro de Dios es que ve la unión, y no la separación, como su realidad.

Esta es también una forma de caracterizar la diferencia entre una relación santa y una relación especial.

En una relación especial, siempre vemos nuestros intereses como diferentes, separados y más importantes que los de cualquier otra persona.

En nuestras mentes, entonces, esto justifica el ataque asesino que es el contenido subyacente del especialismo.

En una relación santa, en cambio, no te percibo como separado de mí ni considero que tengas intereses separados de los míos.

Más bien nos dirigimos juntos hacia el Cielo.

Este cambio no se produce en el nivel de la forma, ocurre en mi mente, de modo que no percibo mi salvación como algo separado e independiente de ti.



Por lo tanto, atacarte con la creencia de que mi ataque contra ti me librará de toda responsabilidad para que me sienta mejor, me mantendrá en el infierno del ego.

Al cambiarse a una relación santa, reconozco que realmente eres uno conmigo y ambos compartimos el mismo problema.

Nosotros y todos los demás en esta tierra creemos que estamos atrapados en el mundo sin ninguna esperanza de librarnos.

Y al unirme contigo, me doy cuenta de que compartimos el interés común de despertar de esta pesadilla.

Eso es lo que caracteriza al maestro de Dios y hace que la relación sea santa.

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No es que nos identifiquemos con ese propósito a la perfección.

Si lo hiciéramos, no estaríamos aquí. Simplemente en eso se ha convertido nuestra meta.

Este es un tema al que volveremos una y otra vez en este taller.



Como en muchas otras áreas de sus enseñanzas, el Curso habla de un maestro de Dios en dos niveles.

Está claro en la Introducción de la sección sobre las características de los maestros de Dios que las características corresponden a los que el Curso llama los maestros de Dios «avanzados» (M-4.2:2).

Aquellos que ya han aprendido algunas de las lecciones más básicas de perdón.

Una vez aprendidas esas lecciones básicas, compartimos las diez características.

En otro nivel, sin embargo, todos somos maestros porque todos estamos aprendiendo.

En este nivel, ser un maestro de Dios no significa que hayamos dominado todas las lecciones.

De hecho, en el texto se halla un punto que se repite en las características de los maestros de Dios:

Siempre debemos recordar la noción reconfortante de que estar listo no significa haber alcanzado la maestría (T-2.VII.7; M-4.IX.1:10).

Podemos estar listos para enseñar sin haber llegado a dominar el plan de estudios.

Si eso no fuera cierto, ninguno de nosotros podría hacer nada porque, obviamente, ninguno de nosotros ha dominado el plan de estudios del Curso.

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Entonces aprendemos el Curso —lo cual no significa a nivel intelectual, claro, sino a nivel de la experiencia— aprendiendo nuestras lecciones de perdón.

Cuanto más las aprendemos, más las enseñamos.

Y conforme las enseñamos, también las estamos aprendiendo.

La enseñanza y el aprendizaje son siempre recíprocos

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