El arte de soltar-Sexta parte

El arte de soltar-Sexta parte.LA VIDA HUMANA COMO CONFLICTO.

El destino del hombre tendría que ser el de vivir en armonía, en paz, en una dicha interior, pero esto parece estar lejos de la posibilidad por el momento.

Y uno se pregunta si esa dificultad en alcanzar esas cosas que anhela la personalidad humana es algo inherente al funcionamiento de la persona o de la sociedad.

O si es algo accidental que puede ser solucionado, superado, mediante una comprensión o un modo de trabajo o de disciplina.

Por esto, vamos a tratar de analizar a qué son debidos esos problemas y conflictos que vive el hombre actualmente e intentaremos sacar conclusiones prácticas en orden a una armonización de la persona dentro de sí misma.

LA DEMANDA Y LA RESPUESTA


Si observamos con atención, veremos que la vida de la persona parece desenvolverse en un clima de conflicto permanente, de lucha, una lucha que, podríamos decir, tiene lugar entre dos elementos, dos combatientes.

Por un lado, está la demanda que hay en el hombre, demanda de necesidades, de aspiraciones, por las cuales carece de una paz, un bienestar, una felicidad, una plenitud que anhela.

Y, por otro, está la respuesta a esta demanda; dicha respuesta viene condicionada por el mundo, por la sociedad, por el ambiente en que vive la persona.

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Y que se traduce en una serie de obligaciones, obligaciones impuestas por el ritmo natural de la vida y por la sociedad .

Las cuáles están actuando como unidad sobre el individuo, por las limitaciones que la persona vive tanto en sí mismo, como en lo que el exterior es capaz de dar.

Y condicionada por las circunstancias que son siempre inestables y que en unos momentos pueden ser favorables y en otros momentos adversas.

Como si nosotros estuviéramos en constante movimiento para mantener el equilibrio entre lo que pedimos y lo que se nos da.

Estoy pidiendo unas satisfacciones, tengo unos deseos y espero que esto me sea dado por el exterior; pero el exterior, ya lo veremos ahora, a veces satisface estas necesidades, a veces no las satisface.

A su vez, el exterior actúa sobre mí de un modo activo, influyéndome, condicionándome. Así veremos cómo de esta dialéctica, de esta interacción, surgen los problemas.

LOS NIVELES DE LA DEMANDA.

A nivel individual


La demanda del individuo se manifiesta primero en un nivel interno, individual.

Es la demanda de desarrollo, de expresión y de satisfacción a nivel físico, es decir, importa la necesidad de un ambiente exterior, propicio, condiciones climatológicas favorables, una casa, seguridad, cierta estabilidad económica, etc., una serie de presupuestos que en Occidente ya no hace falta especificar.

Una necesidad a nivel vital; y por nivel vital nos referimos a lo que son instintos, las fuerzas instintivas, que buscan expresión.

Una necesidad a nivel afectivo por la que nosotros buscamos expresar nuestros sentimientos positivos y llegar a una madurez en este aspecto.

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Y, finalmente, una necesidad a nivel mental, intelectual, por la que nosotros queremos comprender, conocer.

Tanto a nosotros mismos como al mundo que nos rodea y entendernos con él.

A nivel social, estas demandas son, en primer lugar, la necesidad de sentirse integrado con la sociedad, con el grupo, con el resto de las personas.

Lo cual tiene, como finalidad, el sentirse aceptado, protegido.

Yo necesito sentirme que pertenezco a un conjunto, que formo parte de él, porque si me siento completamente solo y excluido del grupo tengo un sentimiento frustrado de soledad, una angustia.

¿Qué estamos buscando?

Y aquí vemos también el problema de que la persona está buscando, por un lado, independencia, el respeto a su propia personalidad -quiere ser ella misma, quiere tener originalidad.

Y, por otro lado, necesita desesperadamente que la sociedad le comprenda, le acepte, le admita; necesita sentirse funcionando junto con los demás.

Hemos de ver cómo las personas tienden a ir a lugares donde hay otras personas, aunque unos y otros no se conozcan, y vivan sin decirse nada.

El hecho de sentirse en compañía es una expresión sencilla, simple, de esta necesidad fundamental de sentirnos integrados, no sólo por la presencia física, sino por la comprensión y aceptación de las demás personas.


Además, dentro de este nivel social, sentimos la necesidad de sentirnos útiles.

Yo intuyo que mi función ha de ser positiva en relación con los demás, he de sentir que hago algo, que no estoy viviendo a expensas del resto, que estoy ganándome lo que recibo y que, en cierta forma, estoy colaborando para que todo funcione más y mejor.


Y, en otro escalón más superior, necesito que la sociedad, en tanto que unidad, funcione bien, que los demás, las personas que yo conozco y que sé que existen, vivan lo mejor posible.

Aunque yo viva bien, si veo que los demás pasan muchas necesidades, muchas dificultades, a medida que mi sensibilidad va madurando esto me hace sentir incómodo, desagradable.

A nivel espiritual


Hay en mí una aspiración hacia todo lo que es el bien, una aspiración de tipo ético; una inclinación hacia todo lo que es bello, armónico, estético; una tendencia hacia el conocimiento de la verdad, de la evidencia de las cosas, de todo; un grado superior, y una participación o integración con lo que intuimos en el nombre de Poder supremo.


Aquí tenemos una gama de necesidades, de demandas, que la persona está viviendo, cada cual en grado diferente, pero que, en un sentido u otro, están en todos nosotros.

Yo-experiencia


El yo-experiencia es la noción que voy adquiriendo de mí en la medida en que voy ejercitándome, experimentando con toda mi capacidad activa de vivir. Cada vez que estoy haciendo activamente algo, adquiero una conciencia de mí en relación con aquel algo; esa conciencia, la suma de esas conciencias de mí en relación con lo que hago, es el yo-experiencia.

El yo-experiencia es el resultado de lo que hemos vivido realmente.

Lo que hemos de hacer es vivir lo que nos falta vivir en este nivel del yo-experiencia. Ya veremos que nuestro problema consiste en que hemos vivido, sí, unas cosas, pero que otras solamente las hemos pensado; y el pensar no puede sustituir al vivir; el desear, el imaginar o el razonar nunca pueden reemplazar la experiencia directa.


Por lo tanto, el yo-experiencia es nuestra realidad, psicológicamente hablando, sólida, real, auténtica. Es nuestra verdad. Yo soy exactamente lo que he ejercitado, ni más ni menos.

Podré opinar lo que quiera, podré soñar que soy un gran personaje, o imaginar que soy muy poca cosa, pero, aparte de lo que sueñe, aparte de toda fantasía u opinión, yo soy exactamente lo que he ejercitado.

Y esto en todos los niveles, desde el más material hasta el más espiritual.

Yo-idea


Dijimos que, en nuestra vida cotidiana, nos encontramos enfrentados, por un lado, con los impulsos interiores, de diversas clases, que necesitan ser expresados.

Y, por otro, con un reglamento exterior que nos dicta lo que hemos de hacer y lo que no hemos de hacer.

Entonces, nos vemos obligados a administrar estos impulsos, necesitamos reglamentar su expresión, su salida. He de poner una barrera entre mis impulsos y el exterior.

Esta barrera entre nuestro interior y el exterior es una estructura mental que se forma, a la que nos hemos acostumbrado a llamar yo. Esta estructura mental tiene por función vigilar los impulsos, frenarlos o darles paso libre, recibir los impactos del exterior, rechazarlos o aceptarlos.

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Una estructura mental

Esa estructura mental constituye el yo-idea, la idea que yo me he formado de mí. Y este yo-idea no solamente hace esta función, diríamos, de policía, sino que va adquiriendo unas nociones, unas configuraciones sobre cómo creo ser yo.

Tales nociones se forman, por un lado, según las experiencias que voy acumulando cuando yo interpreto estas experiencias mentalmente; yo tengo un éxito, yo consigo esto, entonces yo me apunto un tanto favorable en mi yo-idea, yo soy muy bueno en esto, soy apto; tengo un fracaso, estoy a un bajo nivel en algo, entonces anoto un rasgo negativo, yo fallo aquí, no soy capaz de esto.

Por un lado, pues, se insertan en este yo-idea las experiencias que voy viviendo, tal como yo las percibo intelectualmente.

Pero, por otro, voy inscribiendo en este yo-idea todas las percepciones, todo lo que me llega referente a mí del exterior, es decir, cómo las demás personas me tratan, cómo me consideran.

Mi configuración o diseño

En la medida que las personas me respetan, me aceptan, me halagan, mi yo-idea va adquiriendo una configuración positiva; yo valgo, soy importante, soy alguien.

En la medida en que estas experiencias del exterior son negativas, me producen frustración, entonces se va inscribiendo en mi yo-idea el concepto de que yo no valgo, no soy aceptado, no sirvo.


O sea que, fijémonos bien, este yo-idea, por un lado cumple la función de control de lo interior y lo exterior, pero, por otro, configura la idea de mí mismo, idea que es resultado sólo de mi relación con el mundo.

Es en la medida en que yo me relaciono con el mundo, que me apunto tantos buenos o malos; es en la medida en que el mundo se relaciona conmigo que sigo apuntándome puntos buenos o malos.

Mis ideas acerca de mi

Por lo tanto, este yo-idea no es el modo como yo soy en mí, por mí, sino que sólo está anotando mis modos de relación, lo cual representa una diferencia fundamental.

Porque yo, en lo sucesivo tenderé a apoyarme en este yo-idea, cuya naturaleza es solamente una suma de modos de relación, y lo confundiré con mi verdadera realidad.

En el momento en que confunda ese yo-idea como mi modo auténtico de ser, es decir, cuando, debido a que los demás me dicen que soy así, que debo ser de otro modo…

Me crea entonces que soy realmente apto, que soy inteligente, que soy listo, en relación con el mundo, estaré viviendo siempre alrededor de este yo-idea.

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No te compares

Así, querré constantemente ser más de alguna manera, o intentaré conservar mi status, social, mi valoración.

Estaré todo yo gravitando al servicio de este yo-idea, que no es mi verdadera realidad, sino una parte de mí, proyectada socialmente, y otra parte de lo social, proyectada en mí.

Así pues, el yo-idea está viviendo sólo en función de comparaciones: yo lo he hecho bien, lo he hecho mal, valgo más, valgo menos, los demás me valoran alto, me valoran bajo.

Siempre es un criterio comparativo, nunca se me dice cómo yo soy por mí mismo, en mí mismo, sino solamente cómo soy en relación con una escala de valores: soy más, soy menos.

En ningún momento se me dice lo que yo soy intrínsecamente.

No se me dice que yo, por ejemplo, soy energía, que yo soy inteligencia, sino que se me dice: «tú eres más inteligente que unos y menos inteligente que otros», «eres más hábil que unos y menos que otros»; exactamente cómo se medirá mi éxito profesional: «ha ganado tanto dinero», «tiene tantas posesiones o tiene menos».

Obsérvese que en ningún momento se está diciendo lo que yo soy,, solamente se me está comparando en algunos aspectos. Este es el pivote alrededor del cual está girando nuestra problemática personal inmediata, el hecho de que yo me valoro en función de un criterio comparativo y nunca en lo que yo soy sustantivamente.


Por esto, este yo-idea nunca puede emanciparse del factor exterior.

Aunque yo, en un momento dado, me sienta tranquilo, seguro, me sienta muy bien, en el instante en que estoy en contacto con otras personas, ya está funcionando otro modo de valoración de mí, otro modo de vivirme a mí mismo, de reaccionar, porque todo este yo-idea se ha elaborado así, está hecho de esto, de modos de relación.

Por lo tanto yo, en mi yo-idea, he de estar haciendo siempre esta función, este papel, he de estar sosteniendo a este personaje que trato de mantener y mejorar constantemente.

Nunca me vivo a mí mismo de un modo real, espontáneo, tal como yo soy, sino siempre en función de lo que pueda parecer, del juicio, del valor que los demás puedan darme o del juicio o valor que yo mismo me formule respecto a mi actuación.

Es importante que se vea clara esta distinción entre el yo-idea y el yo-experiencia: el yo experiencia es nuestro eje real, a un nivel concreto, humano, psicológico.

Pero nuestro eje real, el yo-idea es una superestructura, algo que se ha superpuesto, que se ha elaborado de un modo artificioso, que está midiendo unos modos de relación, y que no obedece a una sustancialidad propia.


Dejar salir lo que hay adentro

Decíamos que en virtud de esta política que nos vemos obligados a tener constantemente desde la infancia de reprimir los impulsos, de no dejar que salga lo que hay dentro .

Y, a la vez, de obligarnos a hacer las cosas que no nos gustan porque hay que hacerlas, porque así nos lo dicen, porque gracias a estas cosas seremos bien valorados, se produce en nosotros una falta de expresión total de una cantidad de energías -estamos en el terreno de las energías-, es decir, de impulsos y de sentimientos que no pueden salir.

No dejo que salgan por miedo a la crítica y a los inconvenientes exteriores. Estas energías que quedan entonces retenidas, que estaban destinadas a salir y quieren salir, se quedan dentro, presionando.

Yo las rechazo porque el yo-idea no puede admitir que salgan, porque el yo-idea se debe a la opinión de los demás y se debe también a mi opinión respecto a los demás.

Por tanto, no puedo permitir que salgan esto que son impulsos, muy bajos o muy altos, pero en todo caso que no son los que los demás pueden aceptar o valorar.

Estos impulsos están creando en mí un sentido de frustración, de cosa incompleta, de algo que yo no vivo, que no he realizado y, a la vez, están creando una tensión.


Yo idealizado


El resultado de esta tensión y de esta insatisfacción es que yo necesito entonces crear a través de mi mundo imaginativo. Necesito crear la idea de que yo algún día haré una cosa determinada, conseguiré unos objetivos, alcanzaré un grado de perfección.

Gracias a lo cual, conseguiré dos cosas: vivir esto que no he podido vivir y recibir el reconocimiento, la aprobación y la admiración de los demás.

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Me formo así un yo-idealizado, en el que yo soy héroe, un yo-idealizado que a mí me da una gran satisfacción porque vivo la culminación de mí mismo y al mismo tiempo estoy recibiendo la admiración de los demás.

¿Soy como creo ser?

Véase cómo es una creación de mi mente, gracias a la cual se cumplen los dos objetivos indispensables: dar salida ideal a mis energías reprimidas y al mismo tiempo seguir mereciendo más que nunca la aceptación social.Por esto, el yo-idea está siempre tendiendo hacia ese yo-idealizado.

Yo ciertamente ahora soy así, tengo mis limitaciones, pero espero llegar a algo.

Este llegar a algo es una cosa que fabrico en mi mente con materiales socialmente buenos: quiero ser muy inteligente, muy eficaz, muy honrado; quiero ser una persona creadora, una persona, quizás, muy perfecta.

Lo estoy vistiendo con cosas que puedan merecer la aceptación social, y que, al mismo tiempo, me den a mí la impresión de que yo viviré mi propia plenitud.

Cuanto más intensa y más grande sea la cantidad de energía reprimida, mayor la frustración, más fuerte y más cargado estará este yo ideal. Cuanto más fuerte y más cargado esté este yo-idealizado, menos fuerte yo seré en el presente.

Toda la energía reprimida, procedente de mi pasado y que se proyecta hacia mi futuro, es un déficit y un lastre para mi capacidad de vivir el presente.

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