Al rescate de Nuestro Niño/a Interior-Segunda parte

Al rescate de Nuestro Niño/a Interior-Segunda parte.También una herida de la infancia es sentir el vacío afectivo de los padres,
el miedo de no pertenecer a algo o alguien, la carencia de vínculos con padres limitados e ignorantes.

Hay padres-niños que no tenían la capacidad de dar,sino la necesidad de recibir, de demandar.


Todos los hábitos que desarrollamos para sobrevivir, como el control por medio del rescate, la evasión, el victimismo, el perfeccionismo, etcétera, se van convirtiendo en hábitos compulsivos con vida propia, porque por medio de ellos encontramos un satisfactor falso y temporal.

Por ejemplo, la niña que es ignorada por sus padres y se da cuenta de que cuando se enferma su madre deja de ir al trabajo para cuidarla. Ella sabe que para ser vista debe estar enferma.

Esto se convierte en un sistema involuntario, donde cada vez que siente su tanque afectivo vacío, su cuerpo se enferma.

Obviamente esto no es consciente ni provocado por ella, es una manera inconsciente de responder ante una realidad que, en otro momento, encontró un satisfactor y ahora no sabe cómo llenar de otro modo.

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Las heridas emocionales de la infancia marcan de manera significativa nuestra vida, ya que estamos en una etapa fundamental del desarrollo de nuestra personalidad.

A lo largo de nuestra vida todos vivimos heridas secundarias.

Vivimos experiencias que nos lastiman o decepcionan, pero no dañan tanto nuestra personalidad; tenemos más autonomía y capacidad de sanar para aprender a liberar ese dolor y crecer.

Cuando somos heridos,tomamos decisiones, y estas decisiones cambian nuestra manera de estar en el mundo.
El dolor es un gran motor evolutivo que permite transformarnos si lo vivimos con espíritu adulto y capacidad de responsabilidad. Cuando somos niños esto es imposible.

Por ello, sanar tus heridas de la infancia hoy te permitirá crecer y madurar el cuerpo emocional, el yo-niño interior que busca lo que tanto le faltó.


¿Cuáles son tus necesidades afectivas no resueltas en la infancia?

Todos tenemos –y necesitamos– un cuerpo emocional. Debemos hacernos conscientes de él y de sus verdaderas necesidades y madurarlo.

Esta comunicación con nuestro cuerpo emocional la logramos por medio del físico y las sensaciones. Las enfermedades y los síntomas que expresa el físico también son formas de comunicación del cuerpo emocional.

Si tenemos mayor contacto con nuestro cuerpo físico, veremos qué nos comunica a través de él. Esto nos permitirá habitarnos.

¿Qué te dice tu cuerpo emocional con ese dolor de estómago, esa gastritis, esas contracturas?

Casi siempre quien nos pone el pie o nos sabotea es el niño herido, irracional, impulsivo, berrinchudo, que es un yo niño con poder de gobernar nuestras decisiones más importantes porque está en la inconsciencia, sigue abandonado.

Eso lo hace tener el control y expresarse desde el dolor. Éste es tu camino de crecimiento, ir por el niño o la niña que fuiste y empezar a ser una buena madre o un buen padre para que esos nutrientes que tanto faltaron te permitan crecer en todo lo bueno que eres.

Al rescate de Nuestro Niño/a Interior-Segunda parte
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Muchos de ustedes saben perfectamente lo que necesitan, pero ante la circunstancia, el niño interno o el adolescente interior se maneja desde sus visiones y defensas, casi siempre basadas en el miedo, en la defensa o en lo conocido.

Y te quedas lleno de frustración porque no puedes aplicar lo que ya te quedó clarísimo desde hace tiempo en tu yo adulto, pues no tenemos un control o un liderazgo del yo emocional.

Y no me refiero a un control tirano,como un padre autoritario que somete a su hijo para hacer lo que tiene que hacer, sino desde el amor y la capacidad de escucharnos.

Muchos hacen todo el tiempo lo que saben que es correcto y el cuerpo emocional obedece.

Son tan autocríticos, rígidos y autoexigentes que tienen bien controlado al yo niño, pero cuando menos se dan cuenta, el adolescente se les escapa y tiene actitudes autoboicoteadoras o con sentimientos de vacío e insatisfacción constantes.


Cuando te comportas como tirano, sabes hacer todo lo correcto, lo que se debe, pero sin sentir felicidad.

No se trata de controlarnos por medio de la autoridad sino por amor. Conociendo, aceptando, escuchando y dirigiendo esa parte de ti como un padre interno amoroso y no como un padre interno autoritario que niega las verdaderas necesidades.

De acuerdo a como nos comportamos…

Cuando ganamos liderazgo sobre nosotros desde el amor y el respeto, las partes en nosotros nos obedecen y cooperan con lo que elegimos, porque eres una persona que no las ignora, maltrata ni pasa por alto sus necesidades.


Confían en ti porque las ves, las escuchas y respetas. Gobernarnos siempre es de las tareas más difíciles, pero como todo buen líder, si ignoras a alguien de tu equipo, al final hará que algo no funcione.

Somos complejos, tenemos varios sistemas que nos conforman, todos son nuestro equipo; hay que aprender a conocerlos y llenar sus necesidades, entonces podrás vivir la congruencia en el pensar, decir, sentir y hacer.


Cuando sanamos la parte herida del cuerpo emocional, liberamos al niño y al adolescente poderoso que subyacen. Todos tenemos una parte del niño libre y la fuerza del adolescente idealista que fuimos, esas partes son el verdadero yo.


El yo libre que no encontró cómo ser él mismo y expresarse.


El verdadero tú es muy distinto a lo que conoces de ti mismo, puede ser alguien lleno de vida, alegría y creatividad desde la libertad.

Cuando sanamos la parte herida del cuerpo emocional, expresamos, sentimos y observamos un yo más libre y espontáneo en nosotros, nos sentimos más contentos, nos gusta más cómo somos y podemos cantar en un karaoke con mayor autoestima y
libertad que cuando estábamos heridos y llenos de vergüenza.


Liberar el dolor libera al verdadero tú que tanta falta te hace para sentirte pleno.

Es como si volviera la paz a tu vida, como si la vida dejara de amenazar, como si recuperaras una parte sólida de ti, que te hace sentir confiado para vivir sin la angustia de llamar la atención, vivir con fuerza para protegerte, ganar respeto, ser valorado.

Superar esa enorme angustia del niño herido que vive en ti.


Todo lo que tiene vida está en evolución, todo lo que tiene energía está en movimiento. Un movimiento hacia la evolución, la madurez y el crecimiento.


Los seres humanos somos parte de ese movimiento.

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Las heridas emocionales

Las heridas emocionales nos ponen en movimiento, son un detonador de crecimiento y sanación, no son un error de nuestra infancia, de nuestros padres.

Son muchas veces una cadena de dolor que vivimos por generaciones y que, por falta de consciencia, no sabemos cómo dirigir y apoyar el cambio y la sanación.

Nos enojamos con nuestras heridas, con nuestros padres, nos sentimos víctimas de la vida porque creemos que todos tuvieron lo que nosotros no y ese afecto,esa protección que nuestros padres no nos dieron, en realidad es parte de una cadena de dolor.

No entendemos que nuestros padres tampoco tuvieron afecto y protección y no dieron lo que no tenían; que, en realidad, no existe el malo en esta historia, y si lo hubiera se llamaría ignorancia.

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Elige sanar tus heridas

Ésta nos urge a despertar y asumir que si no elegimos sanar nuestras heridas y aprender de ellas, seguiremos viviendo en cadenas de ignorancia y dolor interminables.

Si dejamos de identificarnos con nuestros dolores, carencias y máscaras,veríamos un poco más allá y entenderíamos que somos almas aprendiendo una lección. Lecciones como perdón, autovaloración, confianza, límites,respeto, etcétera.

Muchas las aprendemos por medio del dolor, y las heridas de la infancia se vinculan con nuestras lecciones de vida y lo que venimos a aprender a esta vida que nunca se equivoca.

Persona significa máscara.

Todos necesitamos una que nos distinga, una personalidad que nos dé identidad; es nuestro cuerpo, nuestra forma de vestir,
de sentir las emociones con las que nos identificamos, nuestras ideas acerca de nosotros y de la vida.

Vamos construyendo una personalidad con base en:

  • La forma en que nos dicen nuestros padres qué debemos ser.
  • Lo que observamos que nuestros padres son.
  • Lo que experimentamos que nos funciona ser.
  • Lo socialmente aceptado.
  • Experiencias dolorosas propias.


Mediante todo esto construimos una personalidad con la que andamos por la vida. Filosóficamente dicen que nos hacemos esclavos de esa personalidad porque sentimos que somos eso, sin embargo, se cree que la personalidad es un vehículo para expresarnos.

Nos “sobreidentificamos” con ella y, en vez de que nos sirva, la servimos.

Platón, el sabio filósofo griego, construyó la metáfora del hombre como un carruaje, dos caballos –uno negro y uno blanco–, un conductor y un pasajero.


Esta metáfora habla con toda claridad sobre la personalidad en su justa dimensión. El carruaje es la personalidad, el conductor es la conciencia, los caballos son nuestra naturaleza dual –hacia la luz y hacia la sombra– y el pasajero que va a su destino es la expresión del verdadero ser.

El carruaje nos permite llevar el alma y dirigirnos al destino.

Así que somos mucho más que personalidad.


Vivimos en un mundo que rinde culto a la personalidad, entendida como el físico, la ropa, el dinero, los títulos, etcétera.

Y no recordamos que la personalidad es sólo un carruaje que debemos conservar sano, limpio y listo para que nos conduzca hacia experiencias significativas, para expresar lo que de verdad somos y aprender lo necesario para vivir bien.

Nos identificamos demasiado con la personalidad y pensamos que sólo somos eso; se convierte en la única prioridad.

Tener un lindo cuerpo, usar buena ropa, adquirir muchos conocimientos, que los otros nos vean y nos reconozcan, que tengamos poder, etcétera.

En la actualidad no usamos la personalidad para expresar al verdadero yo, sino más bien para cubrir el verdadero yo que no
conocemos.

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Cuando vivimos dolores en la infancia, se forma una personalidad acorazada para protegernos del dolor de la infancia o de etapas conflictivas en la vida.

La personalidad cambia todo el tiempo, así que puede ser moldeada y esculpida por nuestra conciencia.

No obstante, las experiencias más dolorosas en etapas donde se formaron los cimientos de nuestra personalidad se instauran en nosotros de manera determinante.

Cuando experimentamos muchos dolores no resueltos con los padres tenemos una personalidad apegada al dolor, enraizada al dolor del pasado, llena de defensas, miedos y enojos.

Es una personalidad que gobierna gran parte de nuestra vida.


Esta personalidad formada a partir del dolor requiere reconocerlo, que validemos las formas de protección desarrolladas, que desahoguemos el dolor atrapado en el cuerpo y en el alma, que la dirijamos a un camino de liberación de las defensas para expresar el verdadero yo atrapado en el caparazón.

Esa personalidad herida es útil y nos protege, pero debe ser permeable para que cuando elijas, se pueda expresar ese yo vulnerable, amoroso, libre, creativo, soñador que no se expresó en la infancia.

Es pulir, adelgazar y despresurizar a la “doña interna”, que se siente como ama y señora de nosotros y no permite hacer nada.

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